La Guerra Cibernética como Instrumento de Poder en el Sistema Internacional Contemporâneo
- nuriascom
- 26 de mai.
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1. Introducción
1.1 Contextualización
El avance de las tecnologías digitales ha promovido profundas transformaciones en las dinámicas de conflicto en el sistema internacional, especialmente a partir de la creciente digitalización de las estructuras políticas, económicas y sociales. En este contexto, el ciberespacio deja de ser únicamente un medio de comunicación y pasa a asumir un papel estratégico, siendo incorporado a las prácticas de proyección de poder de los Estados. Como señalan análisis contemporáneos, el entorno digital amplía las posibilidades de actuación estatal, permitiendo intervenciones más ágiles, menos visibles y con costos reducidos (BBC NEWS, 2024).
Además, la ausencia de fronteras físicas y la dificultad de atribución convierten al ciberespacio en un entorno propicio para disputas asimétricas, en las que diferentes actores pueden actuar de forma simultánea y difusa. De esta manera, el dominio digital pasa a integrar el conjunto de arenas estratégicas del sistema internacional, junto con los espacios tradicionales de conflicto.
1.2 Problema de investigación
La creciente utilización del ciberespacio en contextos de conflicto plantea interrogantes sobre la forma en que los ataques cibernéticos han sido incorporados a las disputas entre Estados. En conflictos recientes, se observa que las operaciones digitales son utilizadas de manera complementaria a las acciones militares convencionales, ampliando el alcance de las estrategias de enfrentamiento.
En el contexto de las tensiones que involucran a Irán, Estados Unidos e Israel, por ejemplo, existen evidencias de que el ciberespacio ha sido empleado como instrumento de represalia indirecta. Un caso emblemático fue el ataque cibernético reivindicado por grupos vinculados a Irán contra la Stryker Corporation, lo que demuestra que las empresas privadas también se convierten en objetivos estratégicos en este tipo de conflicto. Además, según lo reportado por la BBC News, autoridades militares estadounidenses reconocen que las operaciones contemporáneas se extienden al ciberespacio, aunque dichas acciones sean poco divulgadas. Ante ello, se plantea la siguiente pregunta: ¿de qué manera el cyber warfare está siendo integrado en las dinámicas contemporáneas del conflicto interestatal?
1.3 Hipótesis
Se parte de la hipótesis de que la incorporación del cyber warfare a los conflictos internacionales impone nuevos desafíos a la seguridad internacional, especialmente en lo que respecta a la dificultad de atribución de los ataques y a la ampliación de los objetivos estratégicos. En este sentido, el entorno digital contribuye a la complejidad de las relaciones internacionales, exigiendo nuevas formas de regulación y gobernanza capaces de enfrentar amenazas que operan más allá de las fronteras físicas tradicionales.
2. Cyber Warfare y Poder en el Sistema Internacional
2.1 Definición y delimitación del cyber warfare
El cyber warfare puede ser entendido como el uso estratégico del ciberespacio por parte de los Estados con el objetivo de causar daños, desestabilizar adversarios u obtener ventajas en el sistema internacional. A diferencia del espionaje cibernético, que se centra en la obtención de información, el cyber warfare posee un carácter ofensivo, implicando acciones que pueden comprometer sistemas, interrumpir servicios y afectar infraestructuras críticas.
En este sentido, el cyber warfare también se distingue de prácticas aisladas de sabotaje digital, ya que está directamente vinculado a intereses estatales y a la lógica de disputa entre naciones. Como señalan estudios en el área, se trata de una extensión de las estrategias tradicionales de poder, adaptadas a las nuevas posibilidades que ofrece el entorno digital, en el cual la capacidad tecnológica se convierte en un elemento central para la conducción de los conflictos contemporáneos (ALVES, 2021).
2.2 El ciberespacio como arena estratégica
El ciberespacio se ha consolidado como una arena estratégica en las relaciones internacionales, ampliando las formas de ejercicio de poder e influencia entre los Estados. En este entorno, las disputas no se limitan al uso de la fuerza militar tradicional, sino que también incluyen la capacidad de interferir en sistemas digitales, manipular información y comprometer infraestructuras esenciales.
De acuerdo con análisis recientes, el ciberespacio puede ser comprendido como un dominio operativo comparable a los espacios tradicionales de conflicto, ya que permite la ejecución de estrategias específicas orientadas a la obtención de ventajas políticas y militares (MESQUITA, 2019 apud ALVES, 2021). De esta forma, se consolida como un campo de disputa permanente, en el que la distinción entre paz y guerra se vuelve cada vez más difusa.
2.3 Tecnología, soberanía y poder
El desarrollo tecnológico está directamente relacionado con la capacidad de los Estados para ejercer soberanía y proyectar poder en el sistema internacional. En un contexto de creciente digitalización, el dominio de las tecnologías de la información y la comunicación se vuelve fundamental para la seguridad nacional y la autonomía estratégica.
En este sentido, la dependencia de infraestructuras digitales expone vulnerabilidades que pueden ser explotadas por adversarios, comprometiendo la soberanía estatal. Además, los Estados con mayor capacidad tecnológica tienden a ocupar posiciones destacadas en el sistema internacional, utilizando el ciberespacio como instrumento de influencia y poder. Así, la tecnología no solo redefine las dinámicas de conflicto, sino que también contribuye a la reconfiguración de las jerarquías globales (BBC NEWS, 2024).
3. La Ciberguerra en las Dinámicas Contemporáneas de Conflicto
El uso del ciberpoder y las formas en que los ataques cibernéticos se están empleando en contextos de disputa entre Estados demuestran que el ciberespacio se ha consolidado como un dominio estratégico en las relaciones internacionales contemporáneas, comparable a los espacios tradicionales de conflicto. En este sentido, puede entenderse como un entorno en el cual los individuos “actúan con el propósito de alcanzar objetivos específicos, sin diferir mucho de los otros cuatro dominios físicos relacionados con los estudios de defensa: tierra, mar, aire y espacio sideral” (MESQUITA, 2019, p. 10 apud ALVES, 2021, p. 11, traducción propia). Así, al interpretar el ciberespacio como una especie de quinto dominio operacional, se entiende que, de la misma forma que existen estrategias militares enfocadas en la tierra, el mar, el aire y el espacio, también se desarrollan estrategias específicas para el ámbito digital.
3.1 Uso de ataques cibernéticos en tensiones geopolíticas
Las formas en que la ciberguerra (cyber warfare) se ha ido utilizando como estrategia política de los Estados, principalmente en relación con las disputas de poder, se manifiestan de diversas maneras, desde el apoyo a operaciones militares convencionales hasta el sabotaje silencioso de infraestructuras críticas, permitiendo la paralización de servicios vitales sin el esfuerzo de una ofensiva física. Otras formas de manifestación de este poder digital incluyen el robo de propiedad intelectual y campañas de desinformación, con el fin de desestabilizar gobiernos rivales, mediante “operaciones coordinadas, muchas veces involucrando varias fases, como reconocimiento, infiltración inicial, elevación de privilegios, movimiento lateral dentro de la red, recopilación y exfiltración de datos” (KASPERSKY, 2024 apud CANTELLI; GIRALDI, 2024, p. 5, traducción propia). Con esto, la gran ventaja de utilizar este espacio cibernético es, precisamente, alcanzar objetivos estratégicos sin cruzar la línea formal de una guerra declarada, dado que:
Para escapar de este encuadre de “estado de guerra” y, por consiguiente, de las posibles sanciones normativas, los Estados optan cada vez más por realizar operaciones militares no convencionales, de zona gris (Grey zone), como la guerra cibernética, para atentar contra otros Estados (ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA, 2017; FITTON, 2016; REUTERS, 2019, apud BERNARDES; SILVA, 2025, p. 136, traducción propia).
De esta manera, el mundo digital se consolida como un instrumento importante de las estrategias políticas contemporáneas, permitiendo que las disputas de poder ocurran en una "zona gris". Allí, la ambigüedad y la falta de normas internacionales ofrecen a los Estados una ventana para actuar en pro de sus intereses políticos, económicos y sociales sin repercusiones.
3.2 Ejemplificaciones de los Conflictos Cibernéticos
Para evidenciar la creciente inserción de la ciberguerra en las dinámicas contemporáneas de conflicto, es fundamental destacar casos que materializan esta premisa. El caso Stuxnet, descubierto en 2010, que quedó registrado como una de las primeras evidencias del uso de armas cibernéticas para desestabilizar a un Estado, “Stuxnet fue un malware diseñado para sabotear centrífugas de enriquecimiento de uranio en la planta de Natanz, modificando su funcionamiento sin ser detectado, comprometiéndolas físicamente de modo significativo” (BERNARDES; SILVA, 2025, p. 135, traducción propia).
Las investigaciones señalan que el virus fue desarrollado entre 2007 y 2008 y actuó entre 2009 y 2010, logrando permanecer oculto durante un año. Este "penetró en las centrífugas de enriquecimiento de uranio y actuó ‘silenciosamente’ […] alcanzó una infraestructura crítica de un Estado y provocó la destrucción de hasta 1000 máquinas” (ISIS, 2010; OIEA, 2011; WASHINGTON POST, 2011 apud BERNARDES; SILVA, 2025, p. 150, traducción propia). En este contexto, no es posible determinar la responsabilidad del ataque con total certeza; sin embargo, todo indica que "las investigaciones llevaron a creer que Estados Unidos e Israel fueron los patrocinadores de los ataques cibernéticos que impactaron significativamente el programa nuclear de Irán” (THE NEW YORK TIMES, 2010; ZETTER, 2017; RID, 2012 apud BERNARDES; SILVA, 2025, p. 150, traducción propia).
Actualmente, vemos un creciente uso de ataques cibernéticos involucrados en la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, donde el ciberespionaje y los sistemas de hackeo formaron gran parte de las planificaciones previas a la guerra. De acuerdo con el Financial Times, fuentes anónimas relataron que “Israel había hackeado cámaras de seguridad y cámaras de tráfico [...] con el fin de establecer los llamados 'patrones de vida' del ayatolá Ali Jamenei [..] para el ataque que le mató.” (BBC NEWS, 2026, traducción propia).Teniendo en cuenta estos acontecimientos, podemos determinar que el uso de estas nuevas modalidades de agresión modifica las disputas de poder entre los Estados, aumentando la ocurrencia de conflictos en una zona gris que, sin una regulación internacional, pueden servir como detonante para confrontaciones bélicas de grandes proporciones.
3.3 Vulnerabilidad digital y seguridad internacional
La vulnerabilidad digital de los Estados es una cuestión enraizada en la creciente dependencia de los sistemas digitales para actividades militares, económicas y sociales. Estos impactos son más fuertes en países más desarrollados, debido a la paradoja de la conectividad, en la que"los países más tecnológicamente avanzados son, paradójicamente, los más vulnerables a ataques cibernéticos" (IISS, 2018 apud LIMA, 2025, p. 6, traducción propia). Es decir, cuanto más se moderniza un país, más rehén de la tecnología será. En esta línea, observamos que esta dependencia digital para fines económicos y militares:
Abre nuevas brechas explorables por actores no estatales. Tales vulnerabilidades afectan especialmente a las infraestructuras críticas, definidas por la USA Patriot Act (2001) como sistemas y activos, físicos o virtuales, cuya destrucción comprometería la seguridad nacional, la economía y la salud pública de Estados Unidos.(NYE JR, 2010, apud LIMA, 2024, p. 6, traducción propia).
La dimensión de esta vulnerabilidad se explica justamente por el hecho de que el ciberespacio funciona como un "sistema nervioso de las infraestructuras críticas nacionales y de la economía global" (McCARTHY et al., 2009, p. 545 apud LIMA, 2025, p. 7, traducción propia). De este modo, un ataque planeado en un punto central de esta red digital puede colapsar todo el servicio esencial de un país. Además, la seguridad internacional es constantemente presionada por el vacío normativo y por el neocolonialismo de datos, que configura una esfera más amplia de hegemonía “sustentada por el capital informacional y por la concentración de conocimiento basada en la sistemática recolección, almacenamiento y utilización de datos originados [...] a partir de regiones menos desarrolladas" (POLIDO, 2024, p. 16, traducción propia).
Sumado a esto, la militarización irrestricta del ciberespacio, unida a la proliferación de prácticas como el espionaje, la piratería y el robo sistemático de datos, se ve agravada por la falta de una regulación jurídica : "no hay leyes específicas en el Derecho Internacional sobre la guerra cibernética. De esta forma, no hay cómo castigar a los actores cibernéticos maliciosos. El escenario genera inseguridad jurídica" (AYRES; GRASSI, 2020; FERNANDES, 2012 apud BERNARDES; LIMA, 2025, p. 155, traducción propia). Es exactamente esta impunidad estructural la que transforma el entorno digital en un territorio sin reglas para toda clase de invasiones. Como reflejo de esta problemática, "la seguridad nacional se convierte en una agenda de preocupación constante frente a ataques a las redes e infraestructuras de datos dirigidos a actores estatales por parte de actores estatales y no estatales" (POLIDO, 2024, p. 1, traducción propia).
3.4 Desafíos para la regulación del ciberespacio
Diversos vacíos normativos e institucionales aún necesitan ser subsanados para que se alcance un nivel eficiente de regulación del ciberespacio. Es fundamental que los ataques cibernéticos de gran escala sean jurídicamente tipificados como actos de guerra para que el derecho internacional ofrezca parámetros claros de responsabilidad estatal, invocación de legítima defensa y protección de los derechos humanos. Sin embargo, existen "tres elementos principales que dificultan la caracterización de los ataques cibernéticos como actos de guerra: la imprecisión de la autoría, la falta de definición legal y la ausencia de interés político" (BERNARDES; SILVA, 2025, p. 136, traducción propia).
Esta imprecisión de autoría y la falta de definición legal provienen de las propias características del entorno digital. Al ser el ciberespacio un dominio artificial y altamente mutable, las leyes están en constante intento de seguir a un "blanco móvil" y la regulación enfrenta dificultades constantes, ya que la "volatilidad tecnológica del dominio cibernético implica que las leyes y regulaciones siempre persiguen un objetivo en movimiento" (NYE JR., 2010, p. 15, traducción propia). Asimismo, no está en el interés político de los Estados normatizar de forma rígida un espacio que les permite libertad para actuar de acuerdo con sus intereses estratégicos, ya sea mediante el espionaje, el chantaje o el sabotaje.
Por esta razón, la "falta de interés político tal vez sea el elemento primordial" (BERNARDES; LIMA, 2025, p. 157, traducción propia) para el mantenimiento de este vacío jurídico. En consecuencia, la creación de una autoridad central es improbable. Un posible escenario para mitigar este desorden sería enfocarse en bloques de aliados, donde "Estados con ideas afines podrían anunciar reglas de autogobierno que lleguen a formar normas para el futuro" (NYE JR., 2010, p. 18, traducción propia). Incluso, si el ciberespacio es ampliamente considerado como un "quinto dominio" con características y particularidades propias, esto "permitirá, de entrada, la existencia de condiciones que aseguren una mejor protección" (OTAN, 2017 apud LIMA, 2024, p. 59, traducción propia).
4. Conclusión
Los argumentos expuestos a lo largo de este estudio confirman la hipótesis central: la asimilación del cyber warfare (guerra cibernética) por las dinámicas de conflicto trasciende la mera modernización bélica, consolidándose como un factor que impone desafíos estructurales a la seguridad global y la regulación del ciberespacio. Al trasladar las disputas de poder hacia una "zona gris", con el propósito de mantener las agresiones por debajo del umbral de la guerra declarada, esta nueva realidad deja al descubierto la profunda fragilidad de los mecanismos tradicionales de defensa. La dificultad de atribución de autoría, sumada a la ausencia de marcos normativos consolidados, debilita la capacidad de los Estados para responsabilizar a los agresores y establecer estándares claros de disuasión, lo que contribuye a que el entorno digital se convierta en un vector continuo de inestabilidad sistémica. Bajo esta óptica, el ciberpoder no solo complementa las formas tradicionales de conflicto, sino que redefine sus lógicas al ampliar el espacio para estrategias encubiertas y asimétricas, reconfigurando el concepto de soberanía nacional en el siglo XXI.
El análisis demuestra que los ciberataques desempeñan un papel preponderante en las disputas geopolíticas actuales, puesto que permiten a los Estados alcanzar objetivos militares de forma oculta, eludiendo los costos y las consecuencias de una guerra convencional. En la práctica, conflictos como los que involucran a Irán, Israel y Estados Unidos evidencian la normalización del sabotaje y del hackeo de infraestructuras civiles como herramientas de presión política. Asimismo, queda de manifiesto cómo el ciberespionaje, el sabotaje digital y la recolección masiva de datos se incorporan a las estrategias de poder, reforzando la centralidad del ciberespacio como un dominio operacional crítico. Paralelamente, el estudio resalta la denominada "paradoja de la conectividad": a medida que los Estados incrementan su dependencia de las redes digitales, aumenta también su exposición a vulnerabilidades sistémicas. Al consolidarse como el "sistema nervioso" de las infraestructuras críticas, el ciberespacio se convierte en un punto sensible cuya explotación puede generar impactos desproporcionados sobre las economías y las estructuras estatales.
No obstante, la mitigación de esta vulnerabilidad estructural enfrenta retos mayúsculos; para regular el ciberespacio, se requiere un consenso normativo y una cooperación interestatal que, por el momento, son inexistentes. Actualmente, tanto los grandes conglomerados corporativos como el propio sistema de Estados se benefician de la baja jurisdicción y de la débil regulación de estos espacios, perpetuando una profunda laguna en el Derecho Internacional. Con el fin de garantizar una seguridad real a los Estados que son blanco de ataques, así como a los civiles que resultan gravemente afectados por la interrupción de servicios esenciales, es indispensable una cooperación conjunta y genuina de la sociedad internacional. Es imperativo que los ataques cibernéticos de gran magnitud sean tipificados como crímenes de guerra, con la finalidad de asegurar la sanción de los responsables y el amparo de las víctimas. Por lo tanto, el establecimiento de un consenso general y de una normativa ampliamente aceptada debe trascender los intereses particulares de terceros, en aras de proteger el bien colectivo y evitar que los ataques cibernéticos subrepticios terminen desencadenando conflictos a gran escala. Así, el futuro de la seguridad internacional dependerá, en gran medida, de la construcción de una gobernanza digital capaz de equilibrar los intereses estratégicos con la preservación de la estabilidad global.
Referencias
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